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La semana en que el cuerpo dejó de ser necesario

La semana en que el cuerpo dejó de ser necesario

Publicado el 6 de abril de 20264 min de lectura

Hubo una semana de abril en que el rostro de un niño, las neuronas de una rata, la salud de una ejecutiva y la lealtad de un inversionista dejaron de ser lo que eran para convertirse en otra cosa: datos, señales, oportunidades de arbitraje. Nadie protestó. Nadie, en rigor, lo notó.


OpenAI perdió a cuatro ejecutivos en una semana y el mercado no pestañeó. Fidji Simo, la mujer encargada de convertir la inteligencia artificial general en producto vendible — su título oficial era CEO de AGI Deployment, un cargo que suena a ciencia ficción gubernamental —, pidió licencia médica por un síndrome neuroinmune llamado POTS que lleva años padeciendo. Brad Lightcap, el director de operaciones que durante tres años sostuvo la maquinaria comercial, fue reasignado a "proyectos especiales", ese eufemismo corporativo que en cualquier idioma significa lo mismo. Kate Rouch, directora de marketing, se retiró para tratarse un cáncer de mama. Greg Brockman, cofundador y presidente, asumió el mando interino. Mientras tanto, una tabla de capitalización reconstruida por Forbes reveló que Microsoft convirtió trece mil millones de dólares en doscientos veintiocho mil millones — un retorno de 17.6 veces — y que los empleados actuales poseen, en papel, ciento treinta y cinco mil millones. Sam Altman, el fundador, posee cero. La empresa vale ochocientos cincuenta y dos mil millones de dólares y su cuerpo directivo se desangra en silencio. En América Latina conocemos bien esta arquitectura: la hacienda prospera mientras el hacendado agoniza.

Ken Smythe, fundador de Next Round Capital, ofreció seiscientos millones de dólares en acciones de OpenAI a su red de cientos de inversionistas institucionales. No encontró un solo comprador. Al mismo tiempo, la plataforma Hiive registró mil seiscientos millones en demanda por acciones de Anthropic, y los compradores de Next Round tenían dos mil millones listos para desplegar. Un año antes, esas mismas acciones se habrían vendido en días. El capital no tiene lealtad. Tiene olfato.

En 1791, Jeremy Bentham diseñó el Panóptico: una prisión circular donde un solo vigilante podía observar todas las celdas sin que los presos supieran si estaban siendo observados. La genialidad del diseño no era la vigilancia sino su posibilidad permanente — el preso se disciplinaba solo porque no podía descartar que alguien lo mirara. Doscientos treinta y cinco años después, Hikvision, el mayor fabricante de cámaras de vigilancia del planeta, instaló en la Escuela Secundaria Número 11 de Hangzhou un sistema que escanea el aula cada treinta segundos, identifica siete expresiones faciales — neutral, feliz, triste, decepcionada, enojada, asustada, sorprendida — y clasifica seis conductas: leer, escribir, escuchar, ponerse de pie, levantar la mano, recostarse sobre el pupitre. Cada alumno recibe un puntaje de atención exhibido en una pantalla dentro del salón. Las clases compiten por nivel de concentración en una pantalla visible desde el pasillo. En Wuhan, la Escuela Primaria Guanggu Número 9 sometió a ochocientos estudiantes a evaluaciones psicológicas con inteligencia artificial: quince fueron señalados por "fluctuaciones emocionales", tres por "problemas psicológicos graves". El Ministerio de Educación publicó en mayo de 2025 un libro blanco declarando el año inaugural de la "educación inteligente" y fijó la meta de universalizar la IA en todas las escuelas primarias y secundarias para 2030. Beijing ya exige un mínimo de ocho horas anuales de instrucción en IA desde otoño de 2025. Ciento ochenta y cuatro escuelas piloto operan en más de sesenta prefecturas. Bentham habría reconocido la estructura. Solo le habría sorprendido que los prisioneros tuvieran doce años.

Pero hay un reverso. Si en China el cuerpo del niño se convierte en datos, en Japón el cuerpo del trabajador se convierte en ausencia. El Instituto Recruit Works calculó en 2023 que para 2040 el país enfrentará un déficit de once millones de trabajadores. El Ministerio de Salud proyecta que faltarán quinientos setenta mil cuidadores de ancianos. METI necesita 3.26 millones de especialistas en robótica e inteligencia artificial que no existen. Sho Yamanaka, director en Salesforce Ventures, lo resumió con una frase que merece grabarse: "La fuerza motriz ya no es la eficiencia simple. Es la supervivencia industrial." El ministerio respondió con trescientos ochenta y siete mil millones de yenes para infraestructura de IA física y la meta de capturar el treinta por ciento del mercado mundial para 2040. Telexistence ya opera robots reponedores en más de trescientas tiendas FamilyMart — mil bebidas diarias, noventa y ocho por ciento de precisión, veinticuatro horas sin descanso. FANUC, que controla el veinte por ciento del mercado global de robots industriales, firmó alianza con NVIDIA para robots que generan su propio código Python por comando de voz. El cuerpo que falta se reemplaza. El que sobra se mide. La operación es la misma.

En la Universidad de Tohoku, el profesor Hideaki Yamamoto logró que neuronas corticales de rata cultivadas en un laboratorio generaran ondas sinusoidales, ondas triangulares, ondas cuadradas y trayectorias caóticas del atractor de Lorenz. El artículo, publicado en marzo en Proceedings of the National Academy of Sciences, documenta el primer caso en que neuronas biológicas vivas realizan tareas de aprendizaje automático supervisado — un algoritmo llamado FORCE dentro de un marco de computación de reservorio. Las neuronas crecieron en dispositivos microfluídicos que controlaron su conectividad para evitar la sincronización excesiva: demasiada coherencia mata la complejidad computacional, un problema que también aplica fuera del laboratorio. Yamamoto lo dijo sin adornos: "Las redes neuronales vivas no solo son sistemas biológicamente significativos, sino que pueden servir como recursos computacionales novedosos." Recursos. La palabra importa. Una neurona de rata dejó de ser tejido y se convirtió en infraestructura.