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La letra chiquita
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La letra chiquita

Publicado el 27 de abril de 20264 min de lectura

Cinco instituciones decidieron esta semana de qué cosas ya no quieren ser responsables. Una iglesia, una industria del seguro, un laboratorio de frontera, un cuarteto de millonarios y unos mil muchachos británicos a quienes nadie les preguntó. La letra chiquita, como siempre, llega después del producto.


Hay una línea en el nuevo marco de inteligencia artificial del Vaticano que casi nadie va a leer y que todos los párrocos sí. El papa León XIV, en abril, instruyó al clero a no escribir sus homilías con chatbots, y a no perseguir likes en TikTok, bajo el argumento de que «la inteligencia artificial nunca podrá compartir la fe». No es una instrucción menor dentro de una institución menor. La Iglesia Católica tiene dos mil años, jefe de Estado, y acaba de publicar una de las primeras leyes nacionales del mundo sobre inteligencia artificial — un documento que prohíbe los sistemas que manipulan, discriminan o atentan contra la dignidad humana, y que veta cualquier uso de IA que entre en conflicto con la misión del papa o con la integridad de la institución. La burocracia más antigua del mundo, en otras palabras, miró a la más joven y decidió redactar una cláusula de exclusión. Dos mil años de experiencia litúrgica produjeron una sola frase práctica: el alma no se subcontrata.

El formulario CG 40 47 nunca había sido el tipo de cláusula que apareciera en primera plana, hasta este año. Desde el primero de enero, una pequeña hoja de papel de seguros — registrada con la solemnidad de un decreto pontificio — permite a todas las grandes aseguradoras estadounidenses excluir de sus pólizas de responsabilidad civil empresarial los daños corporales, materiales y «morales y publicitarios» causados por inteligencia artificial generativa. Berkshire Hathaway, Chubb y Travelers obtuvieron el visto bueno de los reguladores estatales; otras seis grandes aseguradoras siguieron; y el hueco entre lo que las empresas están desplegando y lo que su seguro efectivamente cubre se volvió, desde enero, una característica estructural de la economía estadounidense. El detalle más cómico viene de Chubb: el director general llevaba dos años diciéndoles a los inversionistas que la IA ayudaría a resolver justamente los riesgos que la empresa ahora se niega a asegurar. El huracán es real, el dique no se construyó, y la póliza excluye al huracán. Nadie tiene la culpa.

Cinco principios llegaron un domingo. Sam Altman, el veintiséis de abril, publicó un documento corto comprometiendo a OpenAI con la Democratización, el Empoderamiento, la Prosperidad Universal, la Resiliencia y la Adaptabilidad — un credo lo bastante elegante como para bordarse en un mantel. El documento llegó diecinueve días después de que Ronan Farrow y Andrew Marantz publicaran en The New Yorker una investigación de dieciséis mil palabras en la que el archivo de setenta páginas de mensajes de Slack que Ilya Sutskever compiló en el otoño de 2023 alegaba que el mismo director ejecutivo había engañado a su consejo sobre los protocolos internos de seguridad; en la que el equipo de superalineamiento — al que se le había prometido el veinte por ciento del cómputo de la empresa para investigar si la tecnología podría acabar con el mundo — había sido disuelto en silencio antes de terminar su trabajo; y en la que un vocero corporativo, al pedírsele contacto con alguien que trabajara en seguridad existencial, contestó que no sabía qué quería decir el término. Cinco principios contra setenta páginas: la asimetría es exquisita. En México diríamos que firmaron el contrato primero y luego se acordaron de leerlo.

Un puñado de hombres decidió esta semana que la mejor manera de sobrevivir a su propio producto era diseñar mejores hijos. Mother Jones reportó que Peter Thiel, Sam Altman, Brian Armstrong y Marc Andreessen — entre otros — están financiando, sin demasiada publicidad, empresas de edición de embriones y de selección poligénica cuyos fundadores describen abiertamente el objetivo como producir niños lo suficientemente inteligentes para superar a las máquinas superinteligentes que ellos mismos están construyendo. Armstrong llama a la nueva tienda «una clínica de fertilización in vitro del futuro impulsada por un stack al estilo Gattaca», una frase que sugiere que su autor no ha visto Gattaca. Las empresas mencionadas incluyen Preventive (el primer embrión editado con CRISPR), Nucleus Genomics, Orchid y Herasight. Editar embriones para una gestación viable es ilegal en Estados Unidos y en unos setenta países más, pero «ilegal» es esa palabra que, si uno tiene suficiente dinero, se lee como un hito y no como una pared. Los hombres que construyeron la bomba están invirtiendo ahora en los niños que, esperan, sabrán desactivarla. Como pólizas de seguro, esta es de las raras.

Veinte por ciento. Uno de cada cinco varones británicos de entre doce y dieciséis años, según una encuesta de mil respuestas hecha por una organización llamada Male Allies UK, conoce a un compañero «en una relación» con un chatbot de inteligencia artificial. El ochenta y cinco por ciento ha hablado con uno. El veintiséis por ciento prefiere la compañía del chatbot a la de una persona real, con el argumento citado de que «la conversación se puede controlar» — que, dicho en voz alta, es la frase más triste del informe. La cláusula del papa contra las homilías no llega a estos muchachos. La cláusula de exclusión de las aseguradoras no llega a estos muchachos. Los principios de OpenAI no llegan a estos muchachos. Su marco regulatorio consiste en un teléfono, una batería y un algoritmo entrenado con todas las novelas románticas jamás escaneadas. El piso institucional está ocupado redactando sus advertencias; los muchachos están leyendo otra cosa.